Leyenda de Argentina
Cuentan que hace mucho tiempo, al sur de Argentina, en la llamada Tierra de Fuego, había un único lago con agua dulce a donde los habitantes del lugar acudían a beber y a recoger agua. Era sin duda su bien más preciado para la comunidad Selk’nam. De entre todos ellos, destacaba un joven, pequeño de cuerpo pero grande de corazón. Entregado y siempre dispuesto a ayudar y proteger a su pueblo. Se llamaba Kákach. A este joven guerrero le gustaba vigilar en las fronteras de la comunidad, y subía elevados riscos para sentarse durante horas y contemplar el paisaje. Y uno de esos días, vio llegar desde el norte, a lo lejos, a una extraña mujer. Tenía el cuerpo enorme, como el de un gigante, y la cabeza muy pequeña, como la de un ave. Asustado, corrió a avisar a todos los habitantes de Selk’nam, pero ninguno quiso hacer caso. Pensaron que era fruto de su imaginación. Al fin y al cabo, ¿cómo iba a existir una mujer así? Así que Kákach decidió visitar al más anciano de la comunidad, que vivía algo apartado, a las afueras, y que era sin duda el más sabio de todos ellos.
Kauj, que así se llamaba, preguntó extrañado:
– ¿Cabeza pequeña y un cuerpo enorme, dices?
Y después de permanecer unos segundos como ausente, dijo: – ¡No! ¡Es Taita! Es una bruja, muy peligrosa. Algo irá mal si consigue llegar a nuestro poblado… El anciano no andaba equivocado. Taita llegó a Selk’nam y como estaba sedienta, buscó desesperada un lugar donde beber. Al darse cuenta de que solo había una laguna con agua, decidió que se establecería allí, y se aseguró de que nadie más pudiera beber. Para ello, arrancó enormes árboles y cercó la laguna. De esta forma, los habitantes de Selk’nam tenían que dar media vuelta al llegar allí. Estaban realmente desesperados. Les quedaba poca agua en sus reservas y después… después ¡morirían de sed!
– No podemos permitirlo- dijo el bravo Kákach- Tenemos que hacer algo.
– ¿Y qué podemos hacer? Ella es una bruja, y es enorme, no podremos derribarla- se lamentó otro de los habitantes de esta comunidad.
– Si no lo intentamos, nunca conseguiremos recuperar nuestra laguna- dijo Kákach.
Kákach se presentó voluntario para enfrentarse a la temible Taita. Esa misma noche, se pintó el cuerpo de negro y la cara de rojo, con las pinturas de guerra. Armado con un cuchillo, llegó hasta los árboles que le separaban de la laguna. Empezó a trepar por ellos, con algo de dificultad. Para escalar, usaba el cuchillo: lo hundía en los troncos y se ayudaba de él, o bien hacía con el cuchillo algún agujero en los troncos tumbados para poder introducir las manos. Escuchó la terrible risotada de Taita al otro lado, y él rió también. Cada vez que ascendía un poco más, reía. – Tac, tac… ja, ja, ja… El sonido del cuchillo y la risa del guerrero comenzaron a incomodar a la bruja. En cuanto Kákach consiguió superar la montaña de troncos, comenzó la batalla. Una terrible pelea entre la enorme mujer y el pequeño pero valiente guerrero. Ella intentó arrebatarle el cuchillo, pero él se resistió y consiguió liberarse de ella con mucha agilidad. La mujer le perseguía y Kákach saltaba entre los troncos, con ayuda de su cuchillo, y seguía riendo sin parar. Taita consiguió agarrarlo por el pelo, pero él aprovechó entonces para clavarla el cuchillo, venciéndola al fin. Tras la apoteósica batalla, bebió abundante agua, se limpió las heridas y llenó un recipiente con más agua. Regresó al poblado con él para dar la buena noticia. Todos le abrazaron y le dieron las gracias. Bebieron con desesperación y dijeron que debían ir al lago para saciar su sed. Y el anciano Kauj, que había acudido al poblado ese día, dijo:
– No podemos permitir que esto vuelva a pasar. No podemos depender de un solo lago. Acompañadme. Todos siguieron a Kauj hasta el lago. Allí vieron el cuerpo de Taita y las cientos de muescas que Kákach había dejado en los troncos tendidos. El anciano buscó en la orilla de la laguna una enorme piedra y la lanzó con fuerza hacia el bosque. En el lugar en donde cayó con estrépito la roca, se abrió una grieta que comenzó a llenarse de agua, formando un río. Kauj comenzó a tirar más piedras, lo más lejos que pudo, y en el lugar donde caían, nacía una nueva laguna o un pequeño estanque.
– Así todos tendremos agua y nadie se adueñará de ella. Así nació la leyenda del pájaro carpintero.

Comentarios
Publicar un comentario