Leyenda de Argentina
Ya estaba próximo el fin del Inca, y su único hijo y sucesor se encontraba gravemente enfermo. El pueblo, que sentía adoración por el futuro monarca, elevaba sus ruegos al dios Inti, a Mama-Quilla y a todos los dioses; pero ni los médicos ni las súplicas devolvían la salud al inteligente y bondadoso príncipe. Si llegaba a morir, desaparecía uno de los más poderosos incas, que habría de gobernarlos con verdadera sabiduría y justicia. El temor de su muerte llenó de tristeza al pueblo, que no cesaba de interrogar a los dioses cuál era el remedio eficaz para salvar la vida al futuro monarca. Al fin consultaron a los amautas. Los sabios dijeron que el príncipe recuperaría la salud si se bañaba en unas aguas salvadoras de maravilloso poder. Esas aguas buenas, que curaban a los enfermos de todos los males, estaban situadas entre las rocas de los cerros de la cordillera. Aseguraron que, para llegar a esas fuentes, había que recorrer largas distancias, atravesar desiertos y escalar montañas. Una mañana de sol, partió del Cuzco la larga caravana. Acompañaban al príncipe nobles, sabios, sacerdotes y médicos. Los seguían llamas cargadas con víveres y todo lo necesario para tan largo viaje. Muchas lunas duró la travesía. Montañas abruptas, valles tranquilos, campos desiertos, verdes praderas, ríos y arroyos pasaron ante los ojos de la larga caravana que, llena de asombro, admiraba los cuadros en los que la Naturaleza parecía haber reunido toda su grandeza y esplendor. Durante la noche, veían las montañas como si fueran espectros gigantescos y oían salir de las entrañas de la tierra y de los precipicios roncos acentos que el eco repetía como voces misteriosas. Quedaron maravillados ante el imponente Aconcagua, el pico más alto de la cordillera. Al fin, llegaron a una quebrada en cuyo fondo corría encajonado un río torrentoso que bramaba entre las piedras de su profundo lecho. Se detuvieron. El sonido estridente de la quepa anunció que allí se encontraban las fuentes del agua salvadora. Pero esas fuentes estaban en el lado opuesto de la quebrada. La distancia que los separaba era demasiado grande y el camino, inaccesible. Pasaron allí la noche, preocupados ante el obstáculo que se les presentaba. Sin embargo, al amanecer, presenciaron un hecho maravilloso e inimaginable. Cuando la primera claridad de la aurora coloreó la nieve de los montes, hubo un momento indescriptible. Ante el asombro de todos, los picos helados parecieron inclinarse hacia la quebrada. Inmensos peñascos caían desde las alturas y grandes trozos de hielo se desprendían de las cimas. Unidos formaron un puente magnífico por el que podía llegarse sin dificultad a las fuentes del agua maravillosa. De ese modo, el poder sobrenatural de los dioses acercó al príncipe de los incas a las fuentes de las aguas buenas, que le dieron la salud y la vida. Y la larga caravana que viajó desde el Cuzco regresó jubilosa, llevando en sus ojos la visión encantada de aquel espectáculo. Los indios llamaron al puente maravilloso “Puente del Inca”. Y cuentan que, de noche, cuando los cerros que lo rodean se esfuman como envueltos en velos, una larga caravana de figuras extrañas parece cruzar los montes, mientras el cantar del agua de las cascadas rompe el misterioso silencio de las montañas inmensas.

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