Historia De Venezuela
Todo comenzó hacia 1940, cuando su obra, al igual que su vida, era cada vez más solitaria y ajena a la realidad. Abrumado por importantes problemas económicos, encontró una pieza de tela que le habría servido a Reverón de lienzo, si no fuera porque tuvo una visión: la cortó y cosió, y nació su primera muñeca que, al igual que la de Bellmer, era de tamaño real y a la que seguirían otras muchas. Sustituyó a sus modelos, salvo a Juanita Ríos, su musa y fiel pareja hasta su fallecimiento, por estos seres inanimados de trapo, a los que su imaginación dotó de rasgos y personalidad únicos y en los que depositó una enorme carga de energía: despertaron y cobraron forma en el universo reveroniano. Se convirtieron en sus compañeras y habitaron su hogar-taller, El Castillete, aislado en el pequeño pueblo caribeño de Macuto. Estas figuras de tela rellenas son simulacros de seres reales y, a pesar de su aspecto grotesco y fantasmagórico, fueron concebidas con el mayor cuidado. Reverón cosía sus cuerpos con minuciosidad y los pintaba con sumo esmero. Les confeccionó vestidos y pelucas y creó para ellas, bautizadas con nombres de mujer (Niza, Serafina, Teresa, Josefina, Graciela), un sinfín de accesorios y objetos —instrumentos musicales, teléfonos, espejos, una jaula con pájaros cantores, entre otros artilugios— fabricados con materiales sencillos como papel y aluminio que enriquecieron aún más, si cabe, el mundo ficticio que concibió en torno a ellas y a sí mismo, un reino recóndito en el que la frontera entre lo real y lo imaginario se desdibujaba. Contemplar estas muñecas es una visión inquietante. Exhiben una considerable dosis de violencia en sus rasgos. Cuerpos inertes, rotos y suturados; ojos rasgados y remendados; miembros desproporcionados y deformes que rayan en lo monstruoso; rostros estridentes con bocas taponadas, maquillados como de prostituta. Sus múltiples cosidos revelan que fueron mutiladas en infinidad de ocasiones. Preso de una esquizofrenia (sufrió el primer brote en 1917), Reverón escapaba a sus crisis y quebrantos a través de estas mujeres de paño. Las cuidaba, las mimaba y las amaba, mas, movido por su latente demencia, también las humillaba y maltrataba, para más tarde, tras los trastornos, velar por ellas y amarlas de nuevo. Los cuantiosos zurcidos ahuyentan cualquier atisbo de felicidad que estas pudieran albergar. Tampoco hay ingenuidad en ellas: asemejan mujeres erotizadas cuyos rasgos anatómicos se han reproducido en exceso. Nuestro artista, padre creador a la par que amante de estas extrañas criaturas, vertía en ellas sentimientos contradictorios, desde la protección al desdén, desde el reproche a la pasión. A ratos eran sus juguetes; otros, títeres en los que descargar sus delirios; casi siempre, sus musas y parte de sus rituales cotidianos. Quizá sus muñecas eran reflejo de mujeres reales que cruzaron su vida. Es posible que llenaran el vacío de una madre ausente, de una amistad fraternal con una joven truncada por la muerte temprana de esta, de una relación de dependencia maternal con Juanita Ríos ajena a las vicisitudes del sexo.Tal vez fueron la compañera, la madre, la hermana, la amante, la modelo. No hemos de extrañarnos cuando las vemos emerger en una serie de autorretratos —realizados en su última etapa creativa— detrás del artista, desafiantes, abarrotando su espacio y sus pensamientos. Fueron las mujeres de su vida.

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